La culebrilla

 

Te has levantado como cada día, con esa inercia que te empuja a hacer las cosas  cotidianas sin necesidad de pensar si  te apetece hacerlas o no, lávate los dientes, dúchate, perfúmate , desayuna, arréglate y lista para comenzar  un día igual al de ayer y probablemente idéntico al de mañana.

 

Una desazón con forma de culebrilla que te recorre las entrañas, que se aloja en tu estómago y a veces te aprisiona los pulmones, es tu compañera  en ese recorrido diario; sientes que algo puede ocurrir o va a suceder, pero no puedes o no sabes definir que puede ser. Sabes perfectamente que día tras día nada sucede, pero esa desazón se impone y la culebrilla parece crecer,  se estará alimentando dentro de ti de recuerdos innecesarios y desechos acumulados que  le permiten permanecer, habitarte, tomar posesión de tu espacio.

 

Hablas con tu culebrilla, haciéndola mas y mas importante en tu vida, se esta convirtiendo en parte de ti. Ella sabe de tus miedos, de tus huidas a ninguna parte, de tus secretos nunca contados o dichos a medias y la hija de la gran p…vive dentro de ti a sus anchas, cada día mas segura de su permanencia; vamos que se ha hecho de un sofá de 4 plazas con tus tripas y de una televisión ultimo modelo donde visionar cuando le de la gana la historia de tu vida. Pero claro, solo aquellas partes de tu historia que a ella le interesan porque sabe que la harán crecer en importancia, seguro que no se recrea en los riesgos que tomaste, en la decisiones llevadas a cabo  con un par de ovarios, en los momentos de felicidad, porque esta claro que la felicidad son momentos, nunca un todo; en la sensaciones de calor y plenitud cuando te has sentido bien, claro la mamona sabe que en esos momentos ella no cuenta para nada. Y no contar para nada es algo que no le gusta a nadie, ni a las culebrillas hijas de p…

 

Casi cada día, en algún momento, te detienes como absorta  y una certeza se abre paso a través de tu todo cuerpo, desde la punta de los pies a  la cabeza o viceversa, que lo mismo da que da lo mismo y que mas te da a ti de donde salga y a donde vaya; porque a veces te da la impresión de que piensas con el culo  y cagas con la cabeza. Algo tiene que cambiar, hay algo que tienes que hacer y estas convencida de que es algo irrevocable, algo que ya tendrías que haber hecho porque el tiempo apremia, siempre apremia cuando no haces lo que tienes pendiente de hacer, cuando lo aplazas día tras día dejando que la rutina y la desazón se instalen a tu alrededor y en tu interior. Pero el día pasara y comenzaras uno nuevo idéntico, y la certeza aparecerá y será aplazada como en el anterior.

 

Seria fácil decirte que cogieras al toro por los cuernos, que hagas lo que tienes que hacer, que no te dejes vencer por una culebrilla hija de p….pero como se suele decir del dicho al hecho hay un trecho y tu vida es tuya chica. Vívela como te plazca o como puedas vivirla.

 

Un sueño recurrente

Un sueño recurrente

Madrid es una de esas ciudades lo suficientemente grande como para que dos personas que habitualmente  vivan allí, no crucen sus pasos en toda su vida. Pueden pasar ambas por la misma calle a distintas horas del día, o con solo unos minutos de diferencia, es posible que en algún momento de sus vidas ambas hayan ocupado el mismo asiento en la fila de un cine o un teatro, que  las atiendan las mismas  dependientas de algunos grandes almacenes en la sección de ropa, cine, discos e incluso que salgan por los mismos bares de copas sin cruzarse por a penas unos segundos… los suficientes para conocerse o reconocerse.

En cierta ocasión tomé el metro que me dejaba cerca de casa, unos 15 minutos desde la Puerta del Sol, iba sentada  con la mirada fija en ningún lado, perdida en mis pensamientos; cuando aminoró su marcha para  detenerse en la próxima parada, un grupo de personas entró apresuradamente y casi en el  mismo instante en que sonó el timbre anunciando que se cerrarían las puertas para proseguir el  viaje, te vi , corriendo hacia una de las puertas, la mas alejada de donde me encontraba, pero ya se había cerrado y el metro aceleraba lentamente reanudando su marcha.

Era una imagen típica, personas intentando subir en el último segundo para no tener que esperar al próximo, todo era cotidiano en esa escena, habitual, pero a mi se me había encogido la boca del estómago y mi corazón se había acelerado; en pocos segundos, mientras el vagón pasaba de largo, ignorándote y dejándote en el andén, pude contemplarte, aprehenderte en mi retina y reconocerte. Llevabas una gabardina  beige desabrochada, jersey de cuello alto y pantalones marrones, tu pelo parecía algo más oscuro, seguramente por efecto de algún tinte, y  te lo habías alisado, tu expresión era  de fastidio. Cargabas con varios libros y respirabas acalorada, resultado de la carrera que acababas de dar.

Al perderte de vista, mi pulso progresivamente volvió a la normalidad y mi respiración se  hizo pausada:  había cerrado los ojos como queriendo retener esa imagen, lo que no imaginé es que quedaría tan profundamente arraigada en mi mente, tanto que no pasaría ni un solo día sin que en algún momento la recordara, cada vez que hacia aquel recorrido en el metro esperaba y deseaba con todo mi corazón que se volviera a repetir esa escena pero cambiando el final,  corres hacia la puerta y consigues llegar a tiempo para subir. ¿ Que podría haber sucedido al encontrarnos cara a cara y rodeadas de otras muchas personas completamente desconocidas?. Me hago la misma pregunta una y otra vez, mientras el metro continúa su trayecto sin ti, Laura.

Desde entonces tengo un sueño recurrente…

Se abren las puertas del vagón y apareces tú, apresurada, con la mirada errante, casi de un salto consigues entrar antes de que las puertas se cierren, suspiras aliviada, un segundo más y pierdes el metro, llevas prisa aún sabiendo que el metro no irá a más velocidad por muchas ganas que tengas de llegar a tu destino. Te sientas, a penas si miras a tu alrededor, sólo alzas la mirada hacia el cristal de la ventanilla a través de la que nada ves, sólo oscuridad y estaciones que se suceden unas a otras, has hecho  aquel recorrido muchas veces, ya nada te despierta ningún interés.

Tus pensamientos van mucho más veloces que aquel metro, se suceden unos a otros, se interponen unos con otros, tu mirada  inquieta así me lo dice. Yo te observo, al principio  tímidamente, porque no sé si deseo que me reconozcas, después con la avidez de quién lleva años deseando ver a alguien y no se da cuenta hasta que lo tiene de frente. Me llena mirarte, lo sabía, pero lo había olvidado, es una sensación que me resulta  tan difícil de explicar… apareces  y me siento saciada, es exactamente eso, me lleno tanto de ti que podría ser tú, me confundo contigo, me olvido de mi y sólo me recuerdo, me doy cuenta de que vuelvo a mi, cuando siento esa punzada en el estómago o cerca de él, ese dolor a perderme por completo y necesitar tanto de ti que no pueda regresar a mi.

Ahora giras la cabeza hacia el lugar donde me encuentro sentada y bajo la mirada rápidamente,  temiendo ser sorprendida y que me reconozcas entre toda aquella gente  que comparte aquel espacio con nosotras, estoy a unos tres metros de ti, sentada en el lado contrario, pero es como si te tuviera  frente a mi y no sé si podría mantener mis ojos en tus ojos. Transcurridos unos segundos, me decido a volver a alzar la mirada, con la esperanza de que no me hayas visto, siento miedo a que me veas y  a la vez un terror   inmenso a no volver a verte, como si en esos segundos pudieras haber desaparecido o yo despertara de un sueño y ya no estuvieras al alcance de mi vista. Lo que ocurre es que me encuentro con tus ojos, me miras sorprendida, como si no pudieras creer a quién estabas viendo y no supieras como reaccionar… supongo que tú ves en mi una reacción parecida, ninguna nos decidimos a dar el primer paso, yo estoy asustada más que sorprendida, porque te vi primero y tuve tiempo para asimilarlo, tiempo que tú no has tenido, aún así sonríes levemente  y te levantas de tu asiento, vienes hacia mi con movimientos bruscos, provocados por los vaivenes del vagón, yo también me levanto y voy hacia ti, cuesta andar y voy agarrándome a donde puedo, la distancia entre las dos se hace muy larga mientras salteamos los obstáculos que nos separan, son las personas que hay entre nosotras, nos disculpamos con ellas.

–         Perdone, disculpe… – pero ni siquiera nos contestan, van abstraídos en sus  pensamientos, como hace sólo unos instantes  íbamos tú y yo. Por fin logramos encontrarnos frente a frente,  como si aquellos tres metros que nos separaban parecieran interminables  y  tú resoplas, sonriendo , antes de que podamos decir nada un frenazo violento del metro, te lanza a mis brazos, yo aguanto el cambio de velocidad porque voy  agarrada a una barra de hierro de uno de los asientos, pero tú en ese momento te acabas de soltar, así que te aferras a mi, de eso depende tu equilibrio  y  yo te abrazo con un solo brazo porque si lo hiciera con los dos ambas acabaríamos en el suelo. Nos reímos, no sé por que extraña razón todo el mundo se ríe cuando alguien está apunto de caerse o se cae, yo escucho tu risa en mi oído y todo mi miedo se esfuma, quizás cayera al suelo sin mi, saliendo de mi cuerpo por la fuerza del movimiento brusco del vagón o puede que volver a tenerte en mis brazos me hiciera olvidarlo.

–         Qué momento. – me dices – ya que estoy así, aprovecho –  y me abrazas aún más fuerte. El metro casi está parando así que me suelto de la barra y te devuelvo el abrazo. Ahora si que me olvido  de mi y soy completamente tú y, a la vez, me siento  más yo que  nunca. Es de vértigo, incluso me siento como mareada,  como si no existiera nada bajo nuestros pies ni alrededor  que nos sostuviera, sólo tú y yo, abrazadas. Una voz metálica de mujer, nos anuncia la próxima parada. – Es la mía – te escucho decir mientras te apartas, sigues sonriendo, pero ahora pareces cohibida, no sabes qué más decir. El metro se para y yo con él, estoy paralizada, de mi boca aún no ha salido ni una palabra, hago un esfuerzo, pero no digo lo que deseo.

–   Te veo muy bien, me alegro de haberte visto de nuevo. – me odio a mi      misma  al escucharme decir eso, quiero decirte otras muchas cosas, pero cuando estoy nerviosa la mayor parte de las veces sólo salen de mi boca tonterías. Asientes y me das un beso en la mejilla.

–    Yo también a ti – te bajas al andén, te sigo hasta el límite de la puerta – Bueno, quién sabe, igual nos   volvemos a ver pronto en esta línea o andando por Madrid. – las puertas se cierran y elevas la mano a modo de despedida, yo asiento y te imito en el gesto. El metro se pone en marcha de nuevo y veo como te alejas de mi , parada en el andén,  ya no sonríes y sé que sientes la misma tristeza que estoy sintiendo yo, el mismo  miedo a volver a encontrarme y terror a no volver a verme.

     Me despierto…

     Este es mi sueño, abro los ojos y me siento desolada y agotada, pero  a la vez saciada de ti. Ese abrazo consigue traspasar el umbral del sueño y colarse en mi vigilia, lo siento tan real que a veces me sorprendo preguntándome si no ocurriría.

¿ He conseguido sentir un sueño como real o sucedió en realidad y lo he convertido en sueño?.

Tenemos tantas formas de engañarnos a nosotros mismos, en todo caso me acompaña y si no sucedió,  puede que algún día lo pueda hacer realidad. Quizás te encuentre de nuevo en un vagón de metro, como sí ocurrió  y puede que lo que le faltó de real al sueño lo pueda realizar.

Sé que es difícil, probablemente tú ni me reconocerás después de tantos años, yo era una niña cuando te marchaste.

Seguro que te diría nada más verte:

–         Me llamo Raquel y tú eres mi madre, Laura.

Lily

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